Mónica Romero lleva más de 30 años entre Reino Unido y España, y más de dos décadas construyendo un proyecto educativo alrededor del español.
Es fundadora y directora de Spanish Express, una empresa que nació en Londres como centro de enseñanza y que, con el tiempo, evolucionó hacia un modelo mucho más especializado: el homestay en casa del profesor.
Su idea de fondo es sencilla, pero potente:
Un idioma no se aprende solo en clase. Se vive. Se practica en la cocina, en un museo, en una comida de tapas, en una excursión a la playa, en la compra del supermercado o en una conversación improvisada durante un paseo.
Esa visión terminó cristalizando en SHIP, siglas de Spanish Homestay Immersion Program, un formato que hoy es el corazón de su negocio.
Para cualquier profesor de idiomas con negocio propio, el caso de Mónica resulta especialmente interesante porque no se trata solo de “ofrecer inmersiones”. Se trata de haber construido un sistema: producto, selección de alumnos, red de profesores anfitriones, materiales didácticos, marketing y una propuesta de valor clara.
La entrevista
MINUTAJE
00:00 ¿Quién es Mónica Romero? Presentación y origen de Spanish Express
02:23 El giro hacia la inmersión y cómo el Covid obligó a reinventarse
05:45 ¿En qué consiste el programa SHIP de inmersión lingüística?
09:06 Un día en el programa: aprendizaje real y experiencias cotidianas
13:59 Perfiles de estudiantes y selección de destinos en España
21:25 Del centro de Londres a la apuesta por la inmersión tras la pandemia
24:18 Repetición y fidelización de estudiantes: claves de captación
25:08 SEO, reseñas y nuevas tendencias en la captación (IA y buscadores)
29:07 El crecimiento del mercado estadounidense y necesidades profesionales
39:28 Turismo idiomático y sostenible: presente y futuro del sector
De academia tradicional a modelo homestay

Cuando Mónica fundó su empresa en 2003, lo hizo con un esquema bastante habitual en el sector. Clases individuales, grupos, cursos de tarde y noche, fines de semana y clientes corporativos. Durante años, ese modelo funcionó bien en Londres. Pero hubo un momento en el que empezó a detectar un límite.
La sensación era clara: muchos estudiantes repetían curso tras curso y, aun así, no terminaban de despegar. Había progreso, sí, pero faltaba algo. No era solo una cuestión de gramática. El problema estaba en que el aprendizaje seguía encerrado en el aula.
Ahí aparece una pregunta que muchos profes se hacen tarde o temprano: ¿qué necesita el alumno cuando la clase ya no es suficiente?
La respuesta de Mónica y Pilar Martínez, su compañera de dirección, fue empezar a probar formatos distintos. Primero hicieron pilotos en Valencia y Barcelona, aprovechando casas propias. Querían comprobar si una inmersión real, conviviendo con un profesor, podía ofrecer ese “algo más” que la escuela tradicional no daba.
La experiencia funcionó. Y luego llegó la pandemia.
Lejos de congelar la idea, Mónica decidió usar ese tiempo para prepararse. Nueva web, nuevos programas, nuevos materiales, estrategia de marketing y una reorientación total del negocio hacia el homestay. Cuando se reabrieron los viajes, su equipo no estaba improvisando. Ya tenía una propuesta sólida lista para salir al mercado.
Qué es exactamente un programa homestay
En el modelo de Mónica, un programa homestay significa que el estudiante vive y estudia español en casa de un profesor cualificado durante una, dos, tres o hasta cuatro semanas.
La diferencia frente a una escuela de idiomas es enorme.
No se trata de ir a clase de 9 a 1 y luego “hacer turismo”. Se trata de integrar el idioma en la rutina diaria. La convivencia obliga a usar el español en contextos reales y continuos. El alumno no sale del aula porque, en cierto modo, todo se convierte en aula.
Ese es el verdadero valor del homestay:
- aprendizaje intensivo y contextual,
- interacción continua con nativos,
- exposición real a la cultura local,
- acompañamiento muy personalizado,
- y una experiencia mucho más transformadora que un curso estándar.
Además, hay una decisión de diseño interesante: el programa suele limitarse a cuatro semanas máximas con un mismo anfitrión. Según explica Mónica, después de cierto tiempo la relación cambia, el alumno gana demasiada confianza y se diluye parte de la estructura que hace que la experiencia funcione. Por eso han introducido algo muy inteligente: rutas de homestay por distintos destinos.
Un estudiante puede hacer, por ejemplo, una semana en Valencia, otra en Barcelona, otra en Menorca y otra en Cádiz. Así cambia de profesor anfitrión, de acento, de dinámica y de entorno cultural.
La idea recuerda un poco a un Erasmus interno por España, pero con acompañamiento docente y una intención pedagógica mucho más clara.
La gran clave: no hay “días normales” en un buen homestay
Una de las cosas más valiosas del enfoque de Mónica es cómo entiende la estructura del día. Para ella, en un programa homestay no existen los días normales.
Puede haber momentos de trabajo más formal, sí. Gramática, corrección, vocabulario, lectura o producción escrita. Pero una parte fundamental de la enseñanza sucede fuera del formato clásico.
Por ejemplo:
- una visita a un museo puede ser una clase completa,
- una comida de tapas puede convertirse en práctica de conversación y cultura,
- una excursión a la playa sirve para trabajar comprensión, interacción y escritura informal,
- un paseo por un barrio histórico activa vocabulario, observación y expresión oral.
Lo importante es que esas actividades no se dejan al azar. Van acompañadas de materiales didácticos diseñados para cada contexto. Si se visita un museo, el estudiante lleva actividades previas, textos, ejercicios de comprensión, pequeños retos o cuestionarios. Si se sale a conocer una zona concreta, se prepara el contenido en torno a esa experiencia.
Eso marca una diferencia esencial. No es turismo con conversación improvisada. Es turismo idiomático con intención pedagógica.
Y ahí hay una lección muy potente para cualquier profe que quiera desarrollar un producto parecido: el homestay no consiste en “tener al alumno en casa y hablar con él”. Consiste en diseñar una experiencia donde la vida cotidiana esté didácticamente aprovechada.
Si este tema interesa desde el punto de vista metodológico, merece la pena explorar también enfoques sobre cómo diseñar experiencias de inmersión lingüística en España, porque ahí está gran parte de la calidad percibida del programa.
Destinos, rotación y riqueza cultural
El crecimiento del proyecto ha llevado a Mónica a trabajar ya con destinos como Barcelona, Valencia, Menorca, Tarragona, Cádiz, Cáceres, Burgos, Sevilla y La Coruña, además de nuevas aperturas previstas.
Esto no responde solo a una lógica comercial. Responde a una convicción: España no ofrece una sola experiencia cultural, sino muchas.
En un programa homestay, el destino importa muchísimo. No solo por el paisaje o por el atractivo turístico, sino por todo lo que arrastra consigo:
- gastronomía,
- historia,
- ritmo de vida,
- tradiciones locales,
- eventos y fiestas,
- variedad léxica y acentos.
Hay alumnos que eligen por una motivación muy concreta. Unos quieren vivir las Fallas en Valencia. Otros prefieren Menorca en San Juan. Otros buscan playa y tranquilidad. Otros vienen por razones muy específicas, como una geóloga interesada en el patrimonio megalítico de la isla.
Esto demuestra algo importante para quien tenga un negocio educativo: el homestay se vende mejor cuando el destino no es un fondo decorativo, sino una parte central de la propuesta.
Qué tipo de estudiante compra un homestay
Uno de los puntos más interesantes del modelo es que no se dirige a un único perfil. Mónica trabaja con:
- adolescentes del sistema británico, especialmente estudiantes de GCSE y A-Level,
- adultos profesionales que necesitan español para su trabajo,
- clientes corporativos y viajes de incentivo,
- jubilados,
- y algunas familias.
Ahora bien, no todos entran en el programa de la misma manera ni con los mismos profesores.
En el caso de adolescentes británicos, por ejemplo, hay una exigencia lógica: deben estar con anfitriones que conozcan bien ese currículo y ese tipo de preparación. No vale cualquier profesor de español. La afinidad pedagógica importa.
Con los profesionales ocurre algo parecido. Algunos necesitan confianza oral. Otros necesitan fluidez. Otros buscan español para reuniones, presentaciones o contextos de negocio en España, Latinoamérica o Estados Unidos.
Y aquí aparece otro dato interesante: el crecimiento del mercado estadounidense. Mónica ha notado un aumento muy fuerte de estudiantes procedentes de Estados Unidos, especialmente en perfiles profesionales para quienes el español ya no es un valor añadido, sino una necesidad laboral real. Algunos, de hecho, llegan con una urgencia muy clara: si no alcanzan determinado nivel, pueden perder oportunidades de trabajo.
No es para todo el mundo, y eso es una ventaja
Una de las decisiones más valientes de Mónica es que no acepta a todo el mundo. Y eso, lejos de ser un problema comercial, es una fortaleza del modelo.
Antes de reservar, cada estudiante pasa una entrevista con ella. Ahí analiza su perfil, sus objetivos, su nivel de compromiso y si realmente encaja en el formato. Porque un programa homestay intenso, convivencial y personalizado no es para quien solo quiere tumbarse en la playa sin hacer nada.
Esta selección previa cumple varias funciones:
- protege la calidad de la experiencia,
- reduce fricciones entre alumno y anfitrión,
- mejora la satisfacción final,
- y facilita las recomendaciones y repeticiones.
Después de esa primera entrevista, el alumno habla ya con el profesor anfitrión, que termina de perfilar el programa. Hay una base común de materiales y visitas, pero cada estancia se personaliza según los intereses, necesidades y ritmo del estudiante.
Ese filtro inicial es una práctica especialmente útil para cualquier profe que quiera salir del modelo de clases sueltas y entrar en productos premium. Quien quiera profundizar en esa idea de vender menos volumen y más valor puede encontrar ideas complementarias en este enfoque sobre cómo vender inmersiones lingüísticas premium.
El profesor anfitrión no es solo profesor
En un programa homestay, el rol del docente cambia por completo. Ya no es solo quien prepara una clase y corrige errores. También es anfitrión, guía cultural, organizador y figura de referencia durante toda la estancia.
Eso exige un perfil muy concreto.
Mónica ha construido gran parte de su red a partir de profesores que ya trabajaban con ella en Londres. Muchos llevaban años en el equipo. Algunos volvieron a España tras la pandemia y encajaron perfectamente en esta nueva fase del proyecto.
La ventaja de este sistema es clara: no parte de cero. Ya conoce cómo trabajan, cómo enseñan y qué trato dan al estudiante. Esa confianza previa es clave para mantener la calidad.
Actualmente trabaja con una plantilla de entre 12 y 15 profesores, según la época del año. No quiere crecer sin control. Su filosofía es muy clara: calidad antes que cantidad.
Cómo captar alumnos para un negocio homestay
En la parte de marketing, el recorrido de Mónica también deja varias pistas útiles. En sus inicios, empezó literalmente poniendo papelitos en tiendas cerca de Hyde Park. Marketing de guerrilla puro. Con el tiempo, el negocio fue creciendo, se integró dentro del grupo educativo David Game en Londres y construyó una cartera sólida de clientes.
Hoy, la captación funciona de otra manera.
Las piezas que considera fundamentales son:
- una web bien trabajada, centrada en el producto real,
- contenido de calidad, especialmente en el blog,
- reseñas visibles y creíbles,
- buen posicionamiento SEO,
- y presencia en nuevos entornos de búsqueda como ChatGPT o Perplexity.
Este último punto merece atención. Cada vez más alumnos no buscan solo en Google. Preguntan directamente en herramientas de inteligencia artificial qué opciones existen para aprender español con inmersión o qué programas homestay hay en España. Si la web está bien construida y tiene autoridad temática, puede empezar a aparecer también ahí.
En cuanto al mensaje comercial, Mónica no cree que haya una única promesa ganadora. Para unos será la fluidez. Para otros, la confianza. Para otros, una experiencia transformadora. Pero insiste en una idea central: el alumno no va a una escuela; va a vivir y estudiar español en casa de un profesor cualificado.
Esa frase resume el diferencial mejor que cualquier eslogan grandilocuente.
¿Cómo se vende una experiencia así?
La venta de un programa homestay no sigue un único patrón. A veces hay personas que preguntan durante seis meses. Otras veces alguien llama y quiere empezar la semana siguiente.
La decisión puede ser lenta porque implica confianza, inversión y convivencia. No es una compra impulsiva cualquiera. Pero precisamente por eso, cuando el encaje es bueno, la conversión suele apoyarse en tres cosas:
- claridad en la propuesta,
- credibilidad del proyecto,
- y personalización real.
Tampoco es un producto low cost. Y no debería intentar parecerlo. Es una experiencia cerrada, intensiva, con alojamiento, docencia, acompañamiento, actividades y diseño pedagógico. El valor está en la suma.
Además, muchos estudiantes repiten. Algunos siguen clases online durante el año y, cada cierto tiempo, vuelven a hacer una semana o varias de homestay en un destino diferente. Ese comportamiento es una señal muy potente: cuando el producto está bien hecho, se convierte en parte del itinerario de aprendizaje del alumno, no en una compra única.
Homestay, turismo idiomático y sostenibilidad
Mónica ve el futuro del sector con bastante optimismo. El turismo idiomático sigue creciendo y no parece una moda pasajera. Lo que sí observa como factor sensible es el contexto político global y cómo afecta a la movilidad.
Más allá de eso, hay una línea que le interesa cada vez más: el turismo sostenible.
El homestay encaja muy bien en esa conversación porque fomenta una forma de viajar más local, más humana y menos masificada. El estudiante se integra en la vida cotidiana, consume en el entorno cercano y vive el destino desde dentro, no desde una burbuja turística.
Es una idea muy alineada con ciertas tendencias del sector. Organismos como la ONU Turismo llevan años insistiendo en modelos más sostenibles y repartidos territorialmente. Para pequeños negocios educativos, eso puede ser una oportunidad enorme, sobre todo fuera de los grandes polos masificados.
De hecho, si el interés está en formatos pequeños, cuidados y ligados al territorio, también puede ser útil mirar casos de inmersión lingüística en la España rural, donde el valor diferencial no está en la escala, sino en la autenticidad.
Qué puede aprender un profesor de idiomas de este modelo
El caso de Mónica Romero deja varias lecciones bastante claras para cualquier profe con negocio propio:
- No hace falta empezar a lo grande. Ella empezó con pruebas piloto en casas concretas.
- La inmersión no sustituye necesariamente a las clases online. Puede complementar muy bien el resto de servicios.
- La clave está en diseñar experiencia, no solo alojamiento.
- Seleccionar alumnos es tan importante como captar alumnos.
- El mejor crecimiento no siempre es el más rápido.
- Un buen homestay necesita materiales, estructura y criterio pedagógico.
- La reputación y las reseñas valen oro.
Pero quizá la idea más importante sea otra: centrarse en la calidad y no en la cantidad.
Mónica podría haber escalado más deprisa, con más profesores, más destinos y más volumen. No ha querido. Prefiere un negocio donde el estudiante siga siendo una persona y no un número. Donde la experiencia esté cuidada. Donde haya repetición y recomendación. Donde el homestay conserve lo que lo hace valioso.
Una forma de enseñar español que va más allá de la clase
El modelo de Mónica Romero no es solo una propuesta comercial distinta. Es una manera de entender la enseñanza del español. Una donde la lengua, la cultura, la gastronomía, la historia y la convivencia forman un todo inseparable.
Para el alumno, eso significa aprender de una forma más intensa y memorable.
Para el profesor, abre una vía de negocio especializada, defendible y difícil de copiar si se hace bien.
Y para el sector, demuestra que hay espacio para proyectos pequeños o medianos, bien diseñados, con identidad propia y capaces de competir no por volumen, sino por profundidad.
Quien quiera explorar más sobre este enfoque puede encontrar a Mónica y su proyecto en Spanish Express, donde el homestay se ha convertido en mucho más que un formato de alojamiento. Se ha convertido en una filosofía de aprendizaje.


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